Texto: “En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, tus consolaciones
alegraban mi alma.” (Salmos 94:19)
Empiezo haciendo una pregunta retórica: ¿Cuál es tu aspiración más
anhelada? Ser feliz. Esto es, vivir en el paraíso de Dios. Ese es el anhelo de todo
ser humano. Sí, el paraíso es un lugar de súper abundante deleite, pero el
camino que conduce hasta allá está alfombrado de poco gozo, y pavimentado con
mucha tribulación. En otras palabras, no hay ser humano de este lado del Cielo
exonerado de aflicción, muchos menos los creyentes, ya que ellos son las
naranjas que Dios ha escogido para que llenen de jugo Su vaso. Es cierto que la
vida natural es un ir cuesta abajo, pero la vida cristiana es lo contrario, el creyente
está subiendo hacia el cielo, y en su peregrinar hay un continuo lamento. No
que necesitemos las amarguras de esta vida para que el cielo nos sea dulce,
sino que agradó a Dios llevarnos de las calamidades al gozo eterno en los
cielos, o perfeccionar nuestra salvación por medio de sufrimientos, o llevarnos
tal cual Cristo, de la humillación a gloria. Perfeccionarnos por medio de
sufrimientos.






