Meditación Diaria

Meditación del 30 de noviembre

Texto: “Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo” (Génesis 22:10).


Ahora ha llegado la hora cero. El patriarca fue muy sabio en que Sara no lo supiera, y dejar los sirvientes al pie del Monte, porque uno se pregunta: ¿Qué entrañas humanas desearían ver un espectáculo semejante? Un papá degollando su propio hijo. Nadie lo vio, pues no sucedió, pero la idea solamente era para estremecer al más fuerte.

 
Ahora la esperanza de la bendición a todas las familias de la tierra bajo el cuchillo para ser degollado. Para un espectador cualquiera se trataba de un cuadro de horror, en cambio para el ejecutante, un acto de gran fe. Abraham y su hijo por obediencia e imitación sabían que la misma voz que ordenó la matriz de Sara para que trajera a Isaac, también es capaz de resucitarlo de las cenizas del holocausto.

Texto: “Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo” (Génesis 22:10)


La voz del Ángel. Esa voz nunca fue tan bienvenida, ni tan dulce, ni tan oportuna como ahora: “Entonces el ángel de Jehová le dio voces desde el cielo, y dijo: Abraham, Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios,
 por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (v11-12). La intención divina fue una prueba, no tanto el hecho del sacrificio de Isaac. El hijo fue sacrificado para Dios en el corazón de Abraham y aun está vivo. De aquí aprendemos: Que casi siempre, el consuelo espiritual es inesperado y al final. El Señor dilata sus propósitos en uno con el fin de que esa prueba que nos mandó sea perfeccionada, nuestra liberación sea dulce y la recompensa gloriosa. Isaac nunca había sido tan placentero a los ojos de su padre, que cuando lo recuperó de la muerte. Como hijo le fue dado milagrosamente, y ahora milagrosamente recuperado. Abraham nunca habría sido tan bendecido con su simiente, si antes no hubiese dado a su hijo en sacrificio a Dios.

Cuando nos entregamos al Señor de todo corazón y de acuerdo a Sus mandamientos, nos devolverá con más gozo lo que le hemos prestado y pagará con ello altos intereses, gran beneficio. Por tanto, lo mejor que un hombre puede hacer de este lado del Cielo es servir al Señor Jesucristo.

 

Amen.

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