
Texto: “Soportándoos con paciencia los
unos a los otros en amor” (Efesios 4:2).
El verso no dice que debemos convenir con los pecados de nuestro prójimo, de
ninguna manera, pues Moisés dice: “No aborrecerás en tu corazón a tu hermano.
Ciertamente amonestarás a tu prójimo, para que no cargues con pecado a causa de
él” (Lev.19:17). Tampoco despreciar los medios escritúrales para recuperar al
hermano que ande fuera de la senda del bien; sino que debemos restaurarlos con
mansedumbre, con firmeza sin dejar de ser tiernos, y esto es imposible
practicar sin la debida paciencia en el corazón. Lo cortés no quita lo valiente.
El texto es una exhortación a la Iglesia y es aplicable a todas las épocas, de
donde se infiere que en la mejor de las iglesias siempre habrá diferencias de
opinión en no pocos asuntos. Se ha dicho diferencia de opinión o criterio, no
diferencia de doctrinas fundamentales. Las debilidades propias del individuo y
las diferencias de opiniones son. Por lo general, las causas de separación
entre los miembros de una asamblea.
Es la intolerancia lo que motoriza las separaciones. La historia de la Iglesia
y nuestra propia razón nos dice, que la tolerancia mutua entre los hermanos es
asunto que al considerarlo puede abrir una gran compás de criterios sobre lo
que debemos y lo que no debemos tolerar. Es muy evidente que no todo debiéramos
tolerarlo. No nos referimos aquí a diferencia de conceptos escritúrales
básicos, nos referimos a diferencia de opiniones en asuntos que no sean
fundamentales, ni destructivos para la fe ni la adoración. En cosas menores
somos mandados a soportar con paciencia: “Recibid al débil en la fe, pero no
para contender sobre opiniones” (Ro.14:1); esto es,
no atribules a tu hermano con cosas o prácticas dudosas, o no claramente
establecidas en la revelación divina. Hay asuntos de disciplina y orden
eclesiásticos que no son tan claros en las escrituras, y en eso no debemos ser
dogmáticos y muchos menos tratar de imponer nuestros criterios al prójimo.
Los recién convertidos piensan una cosa, los más crecidos tienen otra
aprehensión o discernimiento. Los niños son muy dados a generalizar, en cambio
los mayores son más precisos en su entendimiento. Un enfermo tendrá dudas y
cuestionamiento que un sano no tiene. Mire como lo dice el apóstol: “Así que,
todos los que hemos alcanzado la madurez pensemos de este modo; y si pensáis
otra cosa, también eso os lo revelará Dios. En todo caso, sigamos fieles a lo
que hemos logrado” (Fil.3:15-16); los más crecidos deben seguir pensando tal
como han alcanzado madurez, o los que han sido instruidos en la mente de Dios
han de procurar seguir siendo fieles no abandonar es buena senda. Pero al mismo
tiempo cuidando de no imponer ni caer en censuras contra el menos entendido,
sino que ambos sean guiados por la regla del amor.
Amén.