
Texto: Otra vez entró Jesús en la
sinagoga; y había allí un hombre que tenía seca la mano” Marcos 3:1).
Nuestro
pasaje se inicia con estas palabras: "Otra vez entró Jesús en la
sinagoga", fue siempre Su costumbre estar presente en el lugar donde el
pueblo se reunía para adorar al Creador. Y no será extraño que algunos de los
enemigos de Cristo tengan por costumbre estar presente en la Casa de Dios, no
sólo estaban allí los fariseos, sino también los herodianos. Pero no pocos
opositores de Dios que han sido conquistando por su amor en este mismo lugar,
la Iglesia. Debe, pues ser la actitud de los que siguen al Cordero donde quiera
que va, imitar su buen ejemplo. Sabiendo Jesús
el aborrecimiento que sentían por El, no dejó de amar sus almas, aprovechó la
oportunidad para hacer lo que fue su deleite siempre, y más en los días de
Reposo, obras de misericordia.
Hay personas que tienen poco que hacer por sí mismos, pues algún impedimento
físico no les deja trabajar con sus propias manos, sin embargo tienen la
posibilidad de hacer mucho por el bien de sus almas. Entre ellos, ricos que
tienden a la vagancia, los ancianos que casi están apagados, los débiles y los
enfermos. Hacer como hizo este lisiado de las manos: "Otra vez entró Jesús
en la sinagoga; y había allí un hombre que tenía seca la mano" (v1). El
individuo era lisiado de una mano, no obstante estaba presente en la Sinagoga,
estaba en busca de Dios aunque todavía no lo había encontrado.
Por otro lado, la ocasión fue muy propicia para los fariseos manifestasen su
malicia. El sábado fue un día de gran veneración para los judíos, y ellos
pensaron que era excelente oportunidad para ensuciar la reputación de Jesús o
blasfemar Su nombre a los ojos del pueblo. En el caso de que Jesús sanase al
lisiado de la mano, ellos levantarían las denuncias contra El y parecería que
su apreciación era justificada, ya que pensaban que Jesús era un impostor, los
demás verían más claro lo que ellos antes habían denunciado: "Y le
acechaban para ver si en el día de reposo le sanaría, a fin de poder
acusarle" (v2). Para ellos su maldad anticipa su ventaja, se inició la
operación de su caso. Es posible que Jesús haya visto con ojos de compasión al
lisiado, pues el relato no dice que el hombre haya solicitado favor alguno, y
los fariseos al observarlo pensarían que la oportunidad era buena, si se tienen
en cuenta lo ocurrido ese mismo día: "Aconteció que Jesús pasaba por los
sembrados en sábado, y sus discípulos se pusieron a caminar arrancando
espigas" (2:23). Estaban enojados porque Jesús hacia bien en día de
reposo.
Jesús les hace la pregunta: "¿Es lícito en los días de reposo sábado hacer
bien o hacer mal; salvar la vida o quitarla?" (v3). El caso del paciente
era digno de la mayor compasión, en cambio el público pensaba lo contrario.
Ellos en lugar de orar e interceder por el bien del prójimo usaban la situación
del prójimo para alimentar su maldad. Si el lisiado hubiese sido sanado en una
clínica o un hospital por un método ordinario que tomara quizás un año la cura,
ellos no tendrían problemas con eso, pero si el milagro se hacia ahora, en un
instante, entonces se enojarían. Los límites de maldad a donde puede llegar el
corazón incrédulo son inconcebibles.
Cristo no se acobardó. Su corazón siempre estuvo sintonizado en hacer el bien,
aun cuando los malos se molestaran.
Amén.