
Texto: “Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido
a mi padre; más ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre,
a mi Dios ya vuestro Dios” (Juan 20:17).
Esto es, que no se trata de una negativa cerrada,
sino de una dilación o posposición a la petición, aunque sabemos que es de una
naturaleza diferente a como ella veía las cosas. Leer las promesas de los
escritos de los profetas, y oírla de la boca de los ministros de Dios es bueno,
pero es mucho mejor cuando las leemos de los labios de nuestro hermoso
Salvador, y cuando la dice en el lenguaje de la fe, porque la fe trae las cosas
futuras del alma como si fueran presentes: "Subo a mi Padre y a vuestro
Padre, a mi Dios y a vuestro Dios". Este mensaje, que el Señor Jesús
envío a Sus discípulos, está lleno de consuelo y santo estimulo, porque hacia
apenas tres días que lo habían abandonado vergonzosamente y habían huido; sin
embargo, ahora les habla como si los hubiese perdonado y olvidado todo. Su
interés presente fue rescatar los que se habían extraviado; traerlos a la luz
para tranquilizar sus conciencias, infundirles nuevo ánimo y restaurarlos en un
todo a su anterior comunión. Al ver esta escena, uno dice: De cierto que cada
ser o cosa tiene su propio lugar de descanso, y no descansará hasta que no haya
llegado a su posición de balance. Los cristianos son hijos de Dios, nacidos de
arriba, de lo alto, de modo que ninguno de los Creyentes podrá encontrar
completo descanso hasta que no haya llegado al cielo: Nacimos de Dios y hacia
Dios vamos. A donde subió nuestro Redentor, hacia allá vamos.
Algo
más, que nuestra relación con Dios, como resultado de nuestra unión con Cristo
mediante la fe, es un inefable consuelo. Hablando de esa inextinguible fuente
de luz, vida y bendición, nuestro Señor dice: “El es mi Padre y vuestro
Padre, mi Dios y vuestro Dios” (v17). La frase es reveladora de la
cercana relación que subsiste entre Cristo y los Creyentes, como también se
revela en otro lugar: “Porque el que santifica y los que son santificados, de
uno son todos” (Heb.2:11); esto es, que la misma
naturaleza espiritual, o el principio de vida está en la cabeza, y en los
hijos, quienes son los miembros del cuerpo de Cristo. Otro consuelo es: La
gloria o excelencia de un Cristiano, y la gran condescendencia de Cristo en
llevarlos a una relación tan gloriosa y cercana, o la manera admirable en que
obró la unión de ellos: “El es mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y
vuestro Dios” (v17).
Nuestro Salvador ascendió para preparar un lugar para los Suyos, y está listo
para recibirlos. El fue a la muerte por nosotros, y ahora está preparando
gloria para nosotros; El fue a preparar una mesa, tronos y excelente gloria
para los que mediante el don de la fe han unido sus almas y sus intereses con
El. Cristo ha entrado en gloria para luego compartirla con Sus discípulos. El
mensaje de nuestro texto es como aquel enviado por José a Jacob: “José vive
aún; y es el señor en toda la tierra de Egipto” (Gen.45:26); aplicado a nuestro
estudio es, que los poderes en los cielos y en la tierra son de Cristo.
Amén.