
Texto: “Y
reposó la tierra cuarenta años; y murió Otoniel hijo
de Cenaz. Volvieron los hijos de Israel a hacer lo
malo ante los ojos de Jehová; y Jehová fortaleció a Eglón
rey de Moab contra Israel, por cuanto habían hecho lo
malo ante los ojos de Jehová” (Jueces 3:11-12).
La vida de Otoniel, su buen testimonio y la paz de
Israel terminaron juntas. Cuan poderosa puede ser la presencia de un buen
hombre en la Iglesia o en la nación. Congregaciones y este país necesitan
desesperadamente de buenos hombres. Por uno sólo puede ser traído el bien a
muchos. Leamos de nuevo: “Y reposó la tierra cuarenta años”. El gran valor de
estos buenos hombres será apreciado cuando desaparezcan. Se cumpliría lo que
dice el refrán: Nadie sabe el valor de su caballo, hasta que lo pierde. Estos
hombres son como robles o columnas, que si los saca de su lugar el techo se
arruina, la protección se va.
Dios había mandado a los hijos de Israel expulsar los habitantes de la tierra
prometida, pero no lo hicieron, fueron indulgentes. Ahora no sólo son sus
enemigos, sino también muy crueles con ellos. La venganza de Dios castiga esta
clase de indulgencia, la que le costo muchas varas y no pocas lagrimas a los
hijos de Israel. Esto les produjo como un círculo vicioso: Pecado,
castigo, arrepentimiento y liberación. La mezcla con aquellos habitantes les
contaminaba de idolatría, eso traía el juicio divino, el dolor los movía al
arrepentimiento, de ahí a la liberación, y cuando eran liberados recuperaban su
paz, y en tranquilidad volvían a pecar, y así se repitió muchas veces. Fue un círculo
vicioso.
Llamo la atención de lo que dice el escritor divino, que tan pronto como Israel
tuvo descanso, cometieron impiedad: “Y reposó la tierra cuarenta años… Volvieron
los hijos de Israel a hacer lo malo ante los ojos de Jehová.” La tranquilidad y
seguridad de cualquier pueblo es la causa de sus corrupciones. Las aguas
estancadas y quietas se pudren más fácilmente. Mientras ellos se acostaban y
levantaban en tiempos de guerra, fueron celosos contra la idolatría, pero ahora
en la paz vuelven a los ídolos. Es difícil no corromperse espiritualmente en la
prosperidad. Una vida sedentaria enferma con mayor facilidad el cuerpo. Se
cumple la verdad recientemente proclamada: Que las crisis fortalecen la fe.
Amén.