Texto: “Cuando pasó
el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé,
compraron especias aromáticas para ir a ungirle. Y muy de mañana, el primer día
de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol.” (Marcos 16:1-2).
Si fijamos nuestros ojos en el ambiente, notaremos que cada cosa allí tuvo su
propio miedo. El lugar: Un sepulcro, solitario, algo que por lo cual
sentimos aborrecimiento, nos produce repulsa la idea de muerte y putrefacción.
El tiempo: de noche, quizás la luna le dejó alguna penumbra. El propósito:
Visitar un cuerpo muerto. El amor venció fácilmente esos obstáculos. Ellas le
servían durante su ministración terrenal; le siguieron en sus sufrimientos
cuando los discípulos le abandonaron; lloraron cuando fue maltratado y colgado;
vieron a José de Arimatea cuando lo sepultó, vino la
noche y la preparación y se marcharon a sus casas, pero tan pronto como
vislumbraron el día, volvieron y he aquí, pagando el último tributo de su deber.






