Meditación Diaria

Meditación del 16 de Julio

Texto: “Entonces el mayordomo se dijo  a sí mismo: ¿Que haré? Porque mi señor me quita la mayordomía.  Cavar, no puedo; mendigar, me da  vergüenza. Ya sé lo que haré para que cuando  sea destituido de la  mayordomía, me reciban en sus casas!” (Lucas 16:3-4)


La visión del prudente es de largo alcance, este cuida  del presente, pero sin descuidar el futuro. El siervo en este  pasaje previó peligro en el futuro y se preparó para dicha  contingencia. De manera, pues, que la  prudencia en general es  previsión, como suelen decir nuestros abuelos: “Hombre precavido  vale por dos”. Es cierto que no podemos saber a ciencia cierta el  futuro, pero podemos predecir muchas  cosas con cierto grado aceptable de probabilidad.

 

El conocimiento de las  Escrituras, nuestra propia experiencia y la de los buenos hombres  que históricamente nos han precedido pueden ayudarnos mucho a  vaticinar lo que viene. El uso adecuado de todas estas herramientas es lo que haría una persona prudente. La prudencia  exige que hagamos cálculos, tal es lo que nos enseña Jesús: “Porque cual de vosotros, queriendo edificar una torre, no se  sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que  necesita para acabarla?” (Luc.14:28); el prudente no solo ve el  peligro, sino también que trata de evitarlo.

 
Los verdaderos  Creyentes son prudentes en mayor o menor grado. Más aun, que el  prudente sabe por las Escrituras y propia experiencia que las palabras y acciones presentes, de algún modo u otro, tienen  consecuencias futuras. La gran mayoría de nuestros problemas tiene  como causa que casi nunca pensamos antes de hablar o actuar. La  prudencia tiene tres actos esenciales: Examinar, juzgar y actuar.

  
 En cierta escuela decidieron poner a prueba la capacidad de  los alumnos de diez años de edad. Se les entregó a cada uno la  hoja de prueba con doce preguntas; el maestro les dijo a los  cincuenta estudiantes que leyeran el papel y que luego contestaran  las preguntas. Casi todos desoyeron el consejo y se dispusieron a  llenar sus papeles, solo tres leyeron y luego contestaron,  entregando sus pruebas a los cinco minutos de iniciado el examen,  los demás una hora después, porque la última pregunta decía que  solo debían poner el nombre y olvidarse de las demás.

  
El caso  puede ser trivial pero posee una gran lección, sobre la importancia de la prudencia en todos los órdenes de la vida. Los prudentes se ahorraron mucho trabajo y fastidio.

Amen.

 

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