
Texto: “Deléitate
asimismo en Jehová, Y él te concederá las peticiones de tu corazón” (Salmos
37:4).
Este salmo es muy apropiado a nuestra presente peregrinación, o a las
circunstancias por las que atraviesa la Iglesia de Cristo, el bienestar que se
ven en los impíos agobia a los Creyentes, y los inclina a la impaciencia y al
deseo de correr con los incrédulos en su desenfreno con apariencia de
felicidad. Óigalo: “No te impacientes a causa de los malignos, Ni tengas
envidia de los que hacen iniquidad… Guarda silencio ante Jehová, y espera en
él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino, Por el hombre que
hace maldades. Deja la ira, y desecha el enojo; No te excites en manera alguna
a hacer lo malo… Los impíos desenvainan espada y entesan
su arco, Para derribar al pobre y al menesteroso, Para matar a los de recto
proceder” (v1,7-8,14).
No sólo
son asaltados por la codicia que enferma, sino también físicamente atacados por
los malvados. Éste cuadro produce una mezcla de amargos y ahogantes
sentimientos, nótese: “impaciencia… envidia… enojo… excitación hacer lo malo” . En otras palabras, que es usual que un alma sea
debilitada con esa visión. La situación de los Creyentes en tal situación le
enferma, oprime desconcierta. Los virus que enferman el alma Creyente suelen
entrar por los ojos. A esto se llamaría contagio visual.
Allí el escritor divino trae el remedio: “Deléitate asimismo en Jehová, Y él te
concederá las peticiones de tu corazón” (v4); esto es, que la solución ofrecida
al sufrido es una medicina que quite el descontento, y esto lo hace mandando al
afligido a examinar sus sentimientos y codicia por cosas inferiores, que luego
lo compare con lo que tiene en Cristo, o que voltee su alma en otra dirección
superior. El deleitarse es un mandato a los que son de la fe en Jesús.
Así que, sea esta tu oración: Señor, enséñame a deleitarme en ti.
Amén.