
Texto: “En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, tus consolaciones
alegraban mi alma.” (Salmos 94:19)
Empiezo haciendo una pregunta retórica: ¿Cuál es tu aspiración más
anhelada? Ser feliz. Esto es, vivir en el paraíso de Dios. Ese es el anhelo de todo
ser humano. Sí, el paraíso es un lugar de súper abundante deleite, pero el
camino que conduce hasta allá está alfombrado de poco gozo, y pavimentado con
mucha tribulación. En otras palabras, no hay ser humano de este lado del Cielo
exonerado de aflicción, muchos menos los creyentes, ya que ellos son las
naranjas que Dios ha escogido para que llenen de jugo Su vaso. Es cierto que la
vida natural es un ir cuesta abajo, pero la vida cristiana es lo contrario, el creyente
está subiendo hacia el cielo, y en su peregrinar hay un continuo lamento. No
que necesitemos las amarguras de esta vida para que el cielo nos sea dulce,
sino que agradó a Dios llevarnos de las calamidades al gozo eterno en los
cielos, o perfeccionar nuestra salvación por medio de sufrimientos, o llevarnos
tal cual Cristo, de la humillación a gloria. Perfeccionarnos por medio de
sufrimientos.
Cuando consideramos la vida de David será inmediato darnos cuenta de lo
mucho que sufrió. Vivió como si tuviese veneno en su sangre, de la cintura hacia
abajo, muchas aflicciones, y de su cintura hacia arriba, poco consuelo. Esa fue
su vida. Fue un hombre muy atribulado. Sin embargo siempre encontró sostén en
Dios; porque el que sufre en esta vida y no halla sostén en Dios, es muy
posible que nunca vea el cielo ni siquiera de lejos. Son dichosos los que
sufren en el Evangelio. Si un hombre está enfermo y no coopera para curarse,
entonces poco podrán hacer los médicos. Pero si el paciente y el médico se
ponen de acuerdo para combatir la enfermedad, entonces la curación está cerca.
De manera semejante ocurre con los problemas del alma. Si el alma actúa
con fe, y Dios con Su Gracia, entonces la depresión se va, la mente es curada.
Eso aprendemos de David en este salmo; nótese: “En la multitud de mis pensamientos
dentro de mí, tus consolaciones alegraban mi alma”. El salmista sintió el
ataque de los malos pensamientos que conducen a la depresión, y allí trajo el
espíritu de consolación, y sus tristezas se fueron. Terminó su día, no triste,
sino consolado. Esa es la manera bíblica o eficaz de consolar el alma, el
paciente tiene o debe cooperar con la gracia de Dios, y alcanzará consolación.
Amén.