
Texto: “Y
hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido,
diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a
sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de
grande estatura” (Números 13:31).
Ellos subieron a investigar confiando en sus propias capacidades, y ahora se
muestra la verdadera motivación o la realidad de sus almas, que no confiaban en
Dios, sino en ellos mismos. Eso es idolatría: “No podremos subir contra aquel
pueblo, porque es más fuerte que nosotros.” (v31). Dios nunca les dijo que
haría esa obra con el poder de ellos, sino con el Suyo: “Y os meteré en la
tierra por la cual alcé mi mano jurando que la daría a Abraham, a Isaac y a
Jacob; y yo os la daré por heredad. Yo Jehová” (Ex.6:8). Así que, hubiese sido
mejor examinar su propia debilidad, y no investigar la fortaleza de sus
enemigos. Esa no fue no fue su tarea, sino confiar en la promesa divina. Si se
hubiesen examinado, habrían visto sus debilidades, hubieran doblados sus
rodillas en oración para mortificar el corazón incrédulo.
De aquí aprendemos: Que cuando
medimos nuestro éxito espiritual basado en nuestro propio poder, seremos
vencidos antes de pelear. El que espera vencer el mal, no debiera ver sobre su
propia poder, sino la boca y mano de Dios, quien lo ha prometido y es poderoso
para cumplirlo. No tenemos fuerzas para luchar contra las obras de las
tinieblas. Cuantas veces hemos sido avergonzados por las debilidades de nuestro
carácter moral o le hemos daño a aquellos a quienes amamos, les prometemos
cambiar de carácter y no podemos, repetimos las mismas ofensas contra el
prójimo, caemos en desespero y nos deprimimos. No podemos, la lucha es
desigual. Somos como hormigas frente al poder de los demonios, pero si vemos el
poder de Dios, entonces no seremos frustrados; la victoria estará de nuestra
parte. Oh si los hermanos viésemos esta realidad más
a menudo, tendríamos mucho menos problemas entre nosotros mismos.
Volvemos al punto, la incredulidad anula la razón y borra de la memoria las
buenas experiencias que hemos tenido con Dios. Los hijos de Israel olvidaron
que los malecitas eran mucho más fuerte que ellos, lo mimos Faraón y su gente
armada. El ejército de Israel destruyó los Amalecitas con sólo Moisés mantener
su mano levantada, y los egipcios ahogados en el mar como si fueran plomo
sumergido. Decimos que la incredulidad anula el buen pensar o razonamiento,
porque el comparar es una facultad del buen juicio y ellos no pudieron comparar
sus adversarios con otros, sino sólo con ellos mismos. Como si no estuviesen
pensando, o estaban apoyado en su propia prudencia y capacidad. La fe es el
canal para traer a nuestro favor el poder de Dios, pero la incredulidad lo
aleja. El reporte fue veraz: “El pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y
las ciudades muy grandes y fortificadas” (v28). El miedo les hizo subestimar su
propia fuera, le rebajó sus propios tamaños y le agrando la estatura del
enemigo. La desconfianza en Dios hace ver nuestros peligros más grande de lo
que son, y nuestra ayuda más débil, y peor aun, predecimos una derrota más
grande, y si el peligro es sólo una posibilidad, entonces lo vemos seguro. Desfigura
la realidad, y somos vencidos antes de salir. Pero si vemos el poder de
Dios, entonces no seremos frustrados; la victoria estará de nuestra parte.
Amén.