
Texto:
“Decía además: Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en
la tierra, Y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece
sin que él sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba,
luego espiga, después grano lleno en la espiga” (Marcos 4:26-27)
La obra del sembrador es dicha así: “Como cuando un hombre echa semilla en la
tierra” (v26). La semilla es la Palabra de Dios, las verdades del Evangelio, y
los corazones de aquellos quienes escuchan son el campo o suelo donde es
sembrada. Esta obra es hecha por los padres en el devocional
familiar con sus hijos, los predicadores en la Iglesia, los maestros de escuela
dominical, los hermanos cuando predican a un amigo o conocido. Estos labradores
pierden de vista la semilla tan pronto como cae en el oído del prójimo. La
hablaron, o la vieron y se ocultó de sus ojos.
El asunto es que ellos no pueden saber que clase de reacción tuvo el alma que
oyó. A este punto la semejanza entre lo natural y lo espiritual es obvia e
idéntica. Entiéndase, que cuando alguno predique el Evangelio en quien tengas
interés que se convierta, estará en la misma situación del agricultor con la
semilla que sembró en tierra. Si se le ocurre pensar sobre el asunto ya sea al
acostarse o levantarse, la realidad es que no podrá saber que está ocurriendo
con la semilla. Aun si se afanase no podrá saber a que altura está el proceso. Ni
puede hacer nada para estimular su crecimiento. Esto no significa que lo saque
de su mente, por el contrario ha de pensar y orar para que el Omnipotente
Ayudador la haga germinar, crecer y parir buenos frutos. El asunto estará fuera
de su visión y alcance, pero no de los pensamientos. Es en este estado
espiritual cuando se cumple aquello dicho por el apóstol en otro lugar: “Cuando
soy débil, entonces soy fuerte” (2Co.12:10). Echaremos nuestros cuidados y
preocupaciones al saco de la misericordia divina cuando estemos más conscientes
de nuestra propia impotencia. Más aun, que cuando un hombre o mujer permanece
haciendo descansar su alma sobre Dios en Cristo, y en la espera de algún bien
fuera de su vista o alcance, entonces se puede decir con toda propiedad que esa
persona está confiando en Dios, y no en su propia fuerza natural. De aquí
aprendemos una Ley de mucha importancia: Que cuando la semilla de vida es
sembrada y ocultada de nuestra vista, entonces es abierta a la vista de Dios. De
otro modo, que al ser quitada de uno, es llevada al poder y favor del Señor. Ahí
terminaría nuestra la obra del sembrador.
Habrá tiempo donde tu trabajo se concentre en sembrar y cuidar el alma de los
recién convertidos, pero no desmayes en tu labor, porque eso es tan sólo la
senda a un estado de gran gozo. No todas tus épocas de Creyente son para gozar,
hay tiempo de plantar y tiempo de comer de lo plantado. Tu vida no es algo
uniforme o siempre igual, sino que está atada a constante cambios, será tu
sabiduría averiguar la obra de cada estación de tu existencia. En los países
fríos sólo se puede sembrar en primavera, pero en la tierra del Cordero de Dios
es siempre primavera, tú puedes sembrar en cualquier época, y podrás gozarte
también en cualquier estación. En esto el sistema se rige por la ley de causa
efecto. Siembra y gozarás. El gozo en la vida evangélica se disfruta en la
cosecha, o después del esfuerzo de la siembra.
Amén.