
Texto:
"De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus
almas al fiel Creador, y hagan el bien" (1Pedro 4:19).
Cuando es dicho que se haga la voluntad de Dios con
ligereza, será hecha forzadamente y de último, pero hacerla bien requiere que
sea libre y de primero. Si una ciudad ha sido sitiada y después de muchos
ataques es capturada, la ciudad no se rindió, sino que fue vencida. Tampoco
puede decirse que nos hemos encomendado a la voluntad de Dios, si para ganarla
Dios tiene que darnos martillazos hasta quebrar la voluntad. De manera que una
cosa es que nos quiebren la voluntad y otra es que la hayamos cedido libremente
a Dios. Cuando Faraón se le agotaron los recursos para impedir la salida de los
israelitas, entonces renunció a su voluntad y los dejó salir: "E hizo
llamar a Moisés y Aarón de noche, y les dijo: Salid de en medio de mi pueblo
vosotros y los hijos de Israel, e id, servid a
Jehová, como habéis dicho" (Ex.12:31).
El
resignó su voluntad a la de Dios ya que no podía hacer otra cosa. Hacer la
voluntad de Dios o encomendarnos a Su voluntad, no es forzada, ni al final;
sino libremente y desde el principio. Jesús no dijo: Mi Padre me ha mandado a
beberla, sino: "¿No la he de beber?" (v11); Sus palabras denotan un
firme resolución. No de último, sino libre y de primero. No mencionó la
necesidad de honrar las Escrituras, sino la voluntad del Padre. El tuvo en
consideración las Escrituras y eso es obvio por Sus palabras, pero la esencia
es que cumplió la voluntad del Padre por un principio de amor. Semejante
lenguaje encontramos en José cuando fue tentado: "¿Cómo, pues, haría yo
esta gran maldad y pecaría contra Dios?" (Gén.39:9).
En las palabras de Cristo hay algo más que simple obediencia. Es como si
dijera: "Es mi Padre, El me ha mandado a beber esta copa, ¿cómo no la
beberé?" Esto es lo que ha de mover la obediencia de cualquier cristiano,
el amor. El amor es el cumplimiento de la Ley; así fue en Cristo, en los
apóstoles y en todo verdadero Creyente. Alguno preguntará: ¿Cuando hacer esta
encomienda de nuestras almas a Dios? y ¿haciendo que cosas nos resignamos a la
voluntad del Padre? La respuesta en sentido general es esta: "Cada
día muero" (1Co.15:3). Esta es una obra diaria, pero especialmente frente
a los sufrimientos, el apóstol Pedro lo particulariza así: "De modo que
los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel
Creador, y hagan el bien" (1Ped.4:19).
Amén.