
Texto: “Y le dijeron: Mujer, ¿Por que lloras? Les
dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no se donde le han puesto” (Jn.20:13).
Ama mucho, a quien muchos pecados se le ha perdonado, y Jesús había echado de
Maria Magdalena siete demonios (Mrc.16:9), por eso ella mucho le amaba. Ella
fue la primera que vino al sepulcro a servir a su Maestro después de la muerte;
muy de mañana vino presurosa a rendir honra al Salvador.
Los ángeles sabían muy bien la razón de sus lagrimas y el porque la tumba
estaba vacía, de ahí nos preguntamos: ¿Por que le hicieron la pregunta y
no le informaron de inmediato? La respuesta tiene varias razones:
Primero para enseñarnos la simpatía de ellos por todos y cada uno de los
Creyentes; cuan pendiente están los ángeles por las tristezas de los hijos de
Dios. Se interesan no solo de nuestras alegrías, sino también de nuestras
lagrimas. Son espíritus ministradores que se gozan en ver los hombres enfermos
de amor por el Señor Jesús.
La otra razón, es que se trata de un tierno reproche: “¿Por que lloras? ya que
no había causa para llorar, sino que por el contrario era para saltar de
alegría, pues el cuerpo de Jesús no estaba en la tumba como El mismo había
predicho. Muchas de nuestras lagrimas se secarían al instante si pudiéramos
considerar y recordar las Palabras y las promesas del Señor Jesús.
La tercera y ultima razón es, que la pregunta fue para abrir conversación y
luego informarle aquella verdad que transformaría su lamento en gozo, quitarse
la ropa de luto y vestirse de un traje de alegres colores.
Así que, supongamos un pobre hombre tratando de vadear aguas profundas con dos
niños a sus espaldas; los niños al ver el enorme peligro empiezan a llorar por
miedo, y el les dice: ‘Cierren la boca mis niños, porque yo les prometí que
salvaría sus vidas’, entonces llega a la otra orilla y enjuga sus lágrimas. Del
mismo modo Cristo, el tenia en la tumba todos los elegidos sobre Sus espaldas,
colgando legalmente de Su cuello y Sus brazos. Todos los Creyentes fueron
bajados con El al sepulcro y de allí los levanto A todos para llevarlos al
cielo. De donde se puede ver, que el pueblo de Dios es fortalecido en la presencia,
como en la ausencia de Cristo.
Cuando la noche nos llega se acentúa nuestra estima y valor por los rayos del
sol, y cuando Cristo se nos esconde aumenta en los Creyentes el deseo de volver
a experimentar las muestras o seguridades de Su amor. La comida al ser ingerida
nutre y fortalece el cuerpo, pero cuando el agua y el alimento se escasea
aumenta el apetito o la sed, para cuando se obtenga y se ingiera el
aprovechamiento sea mayor, porque la mejor salsa de toda comida es el hambre, y
el mejor ingrediente de todo refresco es la sed.
El desear a Cristo cuando se ausenta, es prueba evidente de amor. Por esa
razón es que ciertas disciplinas justas en la iglesia son convenientes, pues
por ella se podrá saber de que esta hecho ese corazón, si al privarnos de la
Mesa del Señor aumenta en uno el deseo de salir rápido de la falta de comunión
con el Redentor por medio de la Santa Cena. Se notara si valoramos la comunión
con cristo y Su pueblo. Son como males necesarios.
Además se nota que la ignorancia de fe puede estar presente en un corazón
bueno y creyente. Un verdadero hijo de Dios como Nicodemo
puede amar la compañía y las instrucciones del Señor, y aun así tener una gran
ignorancia de El, mire aquí el caso muy elocuente de Maria Magdalena que amaba
entrañablemente a nuestro Señor, pero ignoraba ciertas verdades de la vida y de
las promesas de Dios.
La incredulidad borra la memoria espiritual. Los discípulos le siguieron por
donde quiera que El iba, pero con todo y esa gran muestra de amor fueron tardos
de corazón para creer las Escrituras: “Entonces el les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo los que
los profetas han dicho” (Lc.24:25). Nuestras almas
son como una guitarra con una cuerda rota o desentonada; y nuestras mentes y
nuestros afectos son como una pierna rota o tullida.
Esto es, que tenemos mucho conocimiento en la cabeza, pero nuestro amor es frió
como el hielo, porque con suma facilidad cualquier viento de conocimiento
natural o mundano, nos enferma y saca de nuestra memoria las verdades
inmutables y las fieles promesas de la Palabra de Dios.
Amen.