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El Señor enseña que es preciso un cambio de corazón que nos mude de la mala inclinación de confiar más en las criaturas que en el Creador, a confesar de corazón sincero: “Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca”. La enseñanza de Dios quita el error y el prejuicio mental. Atraen con fuerza y poder la voluntad del Creyente a resignarse y comprometerse con su Dios. Como está escrito: "Pero he aquí que yo la atraeré; y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón." (Os.2:14,19). Por tanto, no es suficiente confiar en Dios y Su Palabra, además hay que hacerlo con Su luz y poder.

Para confiar en Dios es imprescindible estar convencido de Su Bondad. Las Santas Escrituras hacen distinción entre una fe muerta y una viva. Los verdaderos Creyentes poseen una fe viva, que obra, que opera con convicción venida del Cielo, que siempre está dispuesta y así lo hace, pagar el costo de su fe en diferentes circunstancias que le toque vivir en este peregrinar; es esta fe la que puede parir el fruto de la confianza en Dios. No basta que una persona tenga buenos afectos hacia las doctrinas cristianas, ya que su interés no tendrá valor suficiente hasta que pague el costo de su confianza o que dé muestras que su esperanza es viva, porque si no estuviese viva no daría el poderoso fruto de la confianza. Nadie pagaría un costo por algo, a menos que ese algo le prometa un beneficio igual o mayor de su pago; o no entraría en esa transacción. Esta confianza se basa en una promesa divina como base para la transacción. Un caso: “Ten misericordia de mí, oh Dios, ten misericordia de mí; Porque en ti ha confiado mi alma, Y en la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos.” (Sal.57:1). David sufría amarga situación, y al mismo tiempo convencido de que pronto pasarían sus quebrantos, por la sencilla razón de que el Señor le había prometido que sería rey. Su confianza se apoyaba en una promesa: “Te enviaré a Isaí de Belén, porque de sus hijos me he provisto de rey.” (1Sa.16:1). En sus calamidades no dejó de ver la bondad de Dios, estaba convenido de lo mismo que Jeremías: “Bueno es Jehová.”

 

Un evento en sus sufrimientos lo atestigua: “<Salmo de David, cuando estaba en el desierto de Judá.> … Para ver tu poder y tu gloria, Así como te he mirado en el santuario. Porque mejor es tu misericordia que la vida.” (Sal.63:1-3). Se encontraba bajo una feroz persecución de su enemigo el rey Saúl, anhelaba por Dios, y su motivación fue esta: “Para ver tu poder y tu gloria.” Esto es, ver la bondad del Señor. Su visión de la bondad fue tan fuerte que si le preguntásemos la razón de su anhelo, la respuesta no se haría esperar: “Porque mejor es tu misericordia que la vida.” El fruto de Su bondad es más excelente que aun nuestra propia vida. Esto es así porque hay una armonía perfecta entre la necesidad del alma Creyente y la verdad divina. Cuando el ojo de la fe ve esto es obligado parir el fruto de la confianza en el Señor, lo que traería no sólo paz, sino también el gozo y contentamiento que sobrepasa toda alegría terrenal.

 

Hay un escollo en nuestros corazones que obstaculiza pensar bien del Señor, o una culpabilidad secreta en cada uno de nosotros que estropea cultivar buenos pensamientos sobre Dios. Esto es,  que siendo criaturas culpables es fácil ver a Dios como fuego consumidor, vestido de justicia o venganza contra uno, como si estuviese al acecho de cualquier oportunidad para hacernos daño (v10), y esa estructura mental se levanta contra el buen pensar de la bondad del Señor. Eso dicen nuestros prejuicios, pero lo que Dios revela de Sí mismo en la Biblia no es así; abonamos la idea: “Has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas… El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Sal.138:2;Mt.24:35). Ama Su palabra mucho más de lo que ama los cielos y la tierra.

 

Ahora veamos lo que revela Su Palabra: “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. (Miq.7:18). Para confiar en Dios es imprescindible estar convencido de Su Bondad.

 

Para estimular tu confianza en tu Dios, ocúpate en hacer el bien como El lo hace contigo. Eres una buena persona, se espera que tú seas como el fuego, que convierte en llama todo cuanto toca. Tú haz de procurar que todos sean buenos tal como imitas a Dios. Ten presente que tu perseverancia en el bien hacer es tu sabiduría. Dios ha prometido recompensar tus buenas obras, oye Su promesa: "Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto que no perderá se recompensa" (Mt.10:42); esto es, que la ternura mostrada a tus hermanos queda registrada y valorada en el libro de Cristo, y su valoración no será de acuerdo al costo material de tu regalo, sino de acuerdo al amor y afecto con que lo des. Haciendo esto estimularías tu confianza en Cristo.  Amén



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