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Durante su ministerio terrenal, Jesús insiste mucho a sus discípulos que él debía sufrir. El debía sufir porque por medio de sus sufrimientos se nos otorgaría perdón. Pero cada vez que hay perdón es necesario que alguien pague.

Eso sucede en nuestras relaciones interpersonales. Cuando alguien realmente nos hace daño, se establece una deuda que alguien tiene que pagar. Puede suceder a nivel económico.

 

Esto también sucede en término más allá de lo económico. Cuando alguien te roba de una oportunidad, mancha tu reputación, viola tu confianza, esa persona queda en deuda contigo y una vez más solo tienes dos opciones.

Por un lado puedes intentar hacer que la persona pague: Puedes intentar devolver con el mismo mal que te ha dañado, destruir sus oportunidades, manchar su reputación o de alguna manera hacerlo sufrir. Pero también tienes otra alternativa. Podrías perdonar. El problema es que el verdadero perdón es difícil y costoso. Cuando decides perdonar y tu mente se llena de pensamientos vengativos y deseas tanto hacer al otro sufrir por lo que ha hecho, se desarrolla una lucha interna agonizante.

 

¿Por qué es tan difícil perdonar de verdad? Porque si el otro no paga, entonces me corresponde pagar a mi. El verdadero perdón siempre implica sufrimiento. El que perdona paga. Cuando yo perdono no estoy simplemente borrando la deuda, la estoy absorbiendo y pagando. Por eso es tan costoso perdonar.

 

Así es también con Dios. Dios no simplemente ofrece borrar los pecados, él ofrece absorber tu deuda. La única manera que Dios puede perdonar el pecado de los hombres es sufriendo. O tu pagas la penalidad por el pecado o él la paga. No hay perdón de pecados sin que alguien pague.

La reacción natural del hombre al ser enfrentado con la realidad de su pecado es querer compensar sus faltas con moralidad, con buenas obras. Tal vez esa sea tu actitud. Tal vez te has dado cuenta que tu vida no llevaba un buen camino y que tenías que cambiar y empezar a portarte bien para que Dios te acepte. La justicia no funciona así. Si un día robas un banco, no es válido que le digas al juez: “Oiga, no es justo que me castigues por robarme el banco una vez. Yo tengo miles de días sin robar un banco, he ayudado a las viejitas a cruzar la calle, he pagado mis impuestos, ayudo a los pobres. Déjeme libre.”

 

No te dejará libre, porque la justicia no funciona así. Si es así con los hombres, cuanto más con Dios que es justo, santo y bueno. Tienes una gran deuda con Dios la cual no puedes compensar con actos de moralidad y obediencia. Alguien tiene que pagar. Pero escucha las mejores noticias del mundo de parte del mismo Jesús:

 

Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.



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