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Explicando. Voy a hacer el intento de explicar lo que algunos llaman la depresión espiritual por genética. Antes demos una ilustración. El caso de Isaac cuando quiso bendecir a su hijo Esaú:

“Aconteció que cuando Isaac envejeció, y sus ojos se oscurecieron quedando sin vista, llamó a Esaú su hijo mayor, y le dijo: Hijo mío. Y él respondió: Heme aquí… E Isaac dijo a Jacob: Acércate ahora, y te palparé, hijo mío, por si eres mi hijo Esaú o no. Y se acercó Jacob a su padre Isaac, quien le palpó, y dijo: La voz es la voz de Jacob, pero las manos, las manos de Esaú. Y no le conoció, porque sus manos eran vellosas como las manos de Esaú; y le bendijo” (Gen. 27:121-23).

Un defecto orgánico no le permitió discernir a quién había bendecido. De manera semejante, el cerebro de una persona pudiera tener defecto y transmitir al entendimiento o a su mente sensaciones erradas de angustia, o melancolía. Creemos que un verdadero creyente pudiera caer en depresión o angustia de carácter orgánico, o genético. No sería extraño que verdaderos cristianos padezcan de Alzheimer, o ponerse decrépitos por senilidad. Divagan y pierden la memoria. Su alivio sería con medicinas para el cuerpo.

Otro caso: “Y mi espíritu se angustió dentro de mí; Está desolado mi corazón” (Sal. 143:4). Así que, en casos como los del salmista, hagamos que nuestros sentidos pasen la información al cerebro, que el cerebro se lo diga a nuestra razón; la razón lo informe a la conciencia; la conciencia a la fe; la fe lo ponga en manos de Cristo; Cristo lo llevará al Padre, y el Padre enviará Su Santo Espíritu para consolarnos. Si el centro de la ciudad está en llamas, los barrios periféricos vendrían a apagarlo. No negamos que el fuego quema, pero si es combatido, no destruirá. Un ejemplo del proceso: “¿Por qué te abates, oh alma mía, Y te turbas dentro de mí?” (Sal. 42:5). No le pregunta a sus ojos por qué están llorando, ni le habla a su cerebro porqué transmitió tal pensamiento, ni le dice a su lengua por qué se queja, ni a sus manos por qué tiemblan; sino que le habla a su alma: “¿Por qué te abates, oh alma mía?”. La aflicción se da en nuestro fuero interno.

Una miseria. Enfoquemos una miseria a la que está expuesto el hombre, y en particular el verdadero creyente, a saber: pensamientos de aflicción. Un ejército de pensamientos, la combinación del ejército combinado con fuerte amargura; cuán miserable el corazón donde se libre tal batalla. Los que debieran ser los amigos más íntimos y cercanos son de pronto terribles enemigos, nuestros pensamientos de angustia y miedo. Después de todo no son ajenos, sino nuestros, muy nuestros.

Defectos de fábrica. Todos y cada uno de los que entran a este mundo vienen con algún defecto. Los que no sufren de la cabeza, sufren de los pies; y si no tienen defectos en el hígado, sí en el corazón; sino en la frente, en las espaldas; sino arriba, sufrirá más abajo. Sino en el pecho, sufre del cerebro; en algún sitio del cuerpo hay defectos. Dos cosas se oponen a la vida, las enfermedades y el calendario. En algunos los dos. Vivimos en un mundo caído. Quien no tiene defectos a la entrada, sí a la salida. No hay excepción. Y a medida que pasan los siglos la situación empeora; somos testigos de cómo se multiplica el pecado, y esto trae proliferación de enfermedades y defectos congénitos. Antes los hombres tenían cientos de años, y ahora son escasos los que alcanzan los ochenta. Enfoquemos como lo dijo el profeta: “No hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra. Perjurar, mentir, matar, hurtar y adulterar prevalecen, y homicidio tras homicidio se suceden. Por lo cual se enlutará la tierra, y se extenuará todo morador de ella, con las bestias del campo y las aves del cielo; y aun los peces del mar morirán” (Os. 4:2-3). El pecado de la humanidad trae consecuencias nocivas contra la ecología del planeta. Dicho de otro modo, que aun la genética es afectada por la caída del hombre en pecado.

Un consuelo. Sin embargo, por la misericordia de Dios hay una generación de hombres y mujeres felices; estos son los justos o verdaderos creyentes, en su muerte terminan con sus dolores y pasan a mejor vida. Óigalo: "Todo es vuestro, sea Pablo, sea Apolos, sea Pedro, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo porvenir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios" (1Co. 3:22). La muerte, el rey del miedo y de las angustias, es como uno de los bienes que Cristo compró en Su sacrificio, y lo compró para ti, y te lo dejo a ti.  Si la muerte es tuya, las aflicciones son hijas de ella también, y uno se pregunta: ¿quien va a tener miedo de lo que es de su propiedad? Y en cuanto a la depresión, no te sorprenda como algo extraño, pues ocurre aun en los mejores hombres. Relacionado con el defecto genético puede suceder en cualquiera, pues está escrito: “Todo acontece de la misma manera a todos; un mismo suceso ocurre al justo y al impío; al bueno, al limpio y al no limpio; al que sacrifica, y al que no sacrifica; como al bueno, así al que peca; al que jura, como al que teme el juramento. Este mal hay entre todo lo que se hace debajo del sol, que un mismo suceso acontece a todos” (Ec. 9:2).

El Remedio. Así como toda persona sabe cuál es su comida favorita, también sabe cuáles comidas le caen mal a su estómago. Él conoce qué cosas le producen alergia, también sabe cómo cuidarse de una gripe. Hay mariscos que al pasarlos cerca de su olfato le dan náusea. Esto lo sabe por estudio y experiencia.  En lo relativo al corazón es dicho así: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón” (Jer. 17:9). Solo Dios lo conoce; de manera que mientras más conozcas la Palabra de Dios, más conocerás tu corazón, y más fácil te será aplicar los remedios divinos para llevarlo a fe, y allí disfrutes de paz y alegría.

Tu aplicación es esta: dedícate a conocer cada vez más tu hombre interior, no por lo que tú sientas o te parezca, sino bajo la luz de las Santas Escrituras. Pídele a Dios que alumbre tus pasos, y recuérdale a tu alma el evangelio que te ha salvado del peor de los enemigos. Amén.

 



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