El Orden Bíblico para Elegir Pastores


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Principio Regulador. Los pastores son escogidos de la masa de Creyentes en la Iglesia. Pregunta: ¿Cómo se hace eso? El principio bíblico regulativo dice así: “Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, así también haced vosotros con ellos… Amaras a tu prójimo como a ti mismo” (Mat. 7:12; 19:19). De donde se infiere que todos somos iguales, y los iguales no tienen poder de autoridad espiritual entre ellos, porque son iguales. Esto significa, que si un hermano ha empezado un estudio bíblico, y ha ganado otros para Cristo, aun cuando lo estuviera instruyendo en la fe, no debiera hacerse a sí mismo pastor sobre los otros, porque son iguales. El Señor de la Iglesia es Cristo, y solo El pone en el oficio a Sus ministros.

El Llamado al Ministerio

Hemos de ver en las Escrituras las cualidades de este llamado, que en general es doble, interno y externo.

Llamado Interno. El aspirante debe estar seguro que es un ministro, que Cristo le ha dado la capacidad y el deseo de serlo, como lo dice el profeta: “A Jerusalén: “Os daré un mensajero de buenas nuevas" (Is. 41:27); dará el oficio, y designará la persona. El llamado interno se caracteriza por esa inclinación que el hombre siente de servir a Dios en eso: “Si alguno aspira al cargo de obispo, buena obra desea hacer” (1 Ti.3:1); el obrero anhelaría ser pastor.

Pero no sólo pone el deseo interno, sino que también capacita: “El cual también nos hizo suficientes como ministros de un Nuevo Pacto” (2 Cor .3:6). Los dones y cualidades de un hombre son parte de las credenciales de que Cristo lo ha puesto en ese oficio. Cuando se iba a erigir el Tabernáculo Dios capacitó dos artesanos para la obra de construcción, Bezaleel y Aholiab (Ex. 35:30-35). Si el Espíritu de Dios capacitó estos dos hombres para el Tabernáculo material, cuanto más lo hará para las labores espirituales. En esto habrá un gran compás de diferencias en grados de capacidad, pero todos deben por lo menos ser capaces de enseñar, lo mínimo es tener el don de la enseñanza: “Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel al ponerme en el ministerio” (1 Tim.1:12); la palabra fortaleció aquí se puede traducir como capacitó. El aspirante ha de tener ambas cosas, el anhelo y la capacidad como prueba del llamado interno.

 

Este llamado interno es necesario, pero no suficiente. El llamado externo es un privilegio dado por Cristo a Su Iglesia. Esto puede ser probado, ya que el consentimiento y sufragio de la Congregación es requerido en el establecimiento de todos los oficios. Para un apóstol, cuando Matías sustituyó a Judas: “Los hermanos, que reunidos eran como ciento veinte ... Echaron suertes sobre ellos, y la suerte cayó sobre Matías, quien fue contado con los once apóstoles” (Hch. 1:15,26). Para elegir pastores o ancianos: “Y después de haber constituido ancianos para ellos en cada iglesia y de haber orado con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído” (Hch. 14:23), esto es, que hubo allí un sufragio popular. Para elegir diáconos: “Escoged, pues, hermanos, de entre vosotros a siete hombres que sean de buen testimonio, llenos del Espíritu y de sabiduría, a quienes pondremos sobre esta tarea” (Hch. 6:3). De modo, que nisiquiera los apóstoles se atrevieron a poner o quitar pastores en la Iglesia de Cristo, porque el llamado externo de estos siervos es un derecho exclusivo del pueblo Cristiano. Así como pongo en movimiento mi cuerpo para beber agua, de la misma manera Cristo emplea Su Cuerpo local, la Iglesia, para poner pastores. Únicamente Ella tiene ese encargo.

 

Timoteo y Tito fueron apartados de la masa de sus respectivas Congregaciones. Esto es, que todos son Cristianos, pero no todos pastores. El ejemplo mayor: “Y nadie toma esta honra para sí, sino porque ha sido llamado por Dios, como lo fue Aarón. Así también Cristo no se glorificó a sí mismo para ser hecho sumo sacerdote, sino que le glorificó el que le dijo: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy” (Heb. 5:4). Debe haber un llamado. Jesús mismo no ministró públicamente, hasta que fue declarado por el Padre como el profeta del mundo, y aun El tuvo confirmación del cielo como ungido por el Padre para su ministerio público como ministro de Dios. Hubo una ordenación pública para el inicio de Su ministerio: “Y cuando Jesús fue bautizado, en seguida subió del agua, y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y venía sobre él. Y he aquí, una voz de los cielos decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mat. 3:16-17). La Santa Trinidad, el ministro Juan y la gente estuvieron presente en Su acto de ordenación. No estamos diciendo que no podemos predicar de manera pública o privada el Evangelio, no; lo que significamos es, que nadie puede ser llamado ministro del Evangelio o pastor hasta que haya un llamado divino, conforme a las Escrituras y confirmado por una Congregación local. Pablo y Bernabé fueron llamados desde el mismo Cielo, y confirmados por la Iglesia de Antioquía, esa es la idea que deseamos transmitir.

 

Mire como lo dice Pablo a Timoteo: “Si alguien anhela el obispado, desea buena obra. Entonces es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospitalario, apto para enseñar; no dado al vino; no violento, sino amable; no contencioso ni amante del dinero… ” (1 Tim.3:1-3). Pregunta: ¿A los ojos de quién debe ser irreprensible? Respondemos, a los ojos de la Iglesia, lo cual se infiere del propio pasaje, note: “También debe tener buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en el reproche y la trampa del diablo” (v7). Las cualidades anteriores es a los ojos de la Congregación local, y “también” buen testimonio con las personas que residen en esa comunidad en particular. La evaluación inicial pertenece al juicio de la Iglesia local. Acentuamos, que Cristo no ha dado más requisitos para este santo oficio, que no sean los de Su Palabra.

 

Conclusión. Las Santas Escrituras establecen, pues, un llamado interno y uno externo para la colocación de los pastores como siervos de Dios en el ministerio de una Iglesia local; de lo contrario aplicaría la queja del Señor por medio del profeta: “No los he llamado.” Que no sea así con ninguno de nosotros. Amén. 



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