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Quien esto escribe se inclina a pensar que esa obesidad in crescendo es como una señal profética que estaría indicando la proximidad del Regreso de nuestro Salvador, y así lo pienso por estas Escrituras; de un lado: “He aquí, esta fue la iniquidad de tu hermana Sodoma: … Abundancia de pan y completa ociosidad tuvieron ella y sus hijas” (Ez.16:49). Los habitantes de Sodoma le daban tanta complacencia a los pedidos de la carne que vivían con el estómago hinchado de comida; abusaron de su prosperidad. Y por el otro lado: “Lo mismo que ocurrió en los días de Lot: comían, bebían,…. El día en que Lot salió de Sodoma. Lo mismo acontecerá el día en que el Hijo del Hombre sea revelado” (Lc. 17:28). Entiendo que la profecía del NT apunta a un desenfreno en el comer, a medida que se acerque el Regreso de Cristo. En otras palabras, que si bien es cierto que la obesidad es una enfermedad, también pudiera ser para nosotros una señal profética. 

 

La llanura de Sodoma fue como el Jardín de Dios, y ellos lo convirtieron en fuente de pecaminosidad. En este pecado se nota de nuevo lo que se ha dicho en más que otra oportunidad, que para los tiempos antes del fin del mundo la humanidad experimentaría una prosperidad material como nunca antes, y habiendo tanta iniquidad será muy difícil de manejar adecuadamente, y los hombres tropezarán con lo que debió haberlos llevado a ser agradecidos con el Creador. Si miramos con cuidado el pasaje, notaremos que el autor divino quiere darnos ese mensaje de advertencia: “Orgullo, abundancia de pan y despreocupada tranquilidad tuvieron ella y sus hijas. Pero ella no dio la mano al pobre y al necesitado” (Ez.16:49). La lista empieza con el pecado del orgullo y termina con falta de misericordia, el bien le fue un lazo de juicio a sus almas. Así también habla el salmista: “Séales una trampa la mesa que tienen delante; lo que es para bien, séales tropiezo” (Sal. 69:22); la mesa bien provista les fue una ratonera. No es coincidencia que la sodomía y la obesidad se vean en el mundo para la misma época. En meses recientes alguien ha dicho que el desperdicio diario de comida que se ve en la ciudad de New York es suficiente para erradicar la hambruna que azota algunos países africanos. Creo no exagerar cuando veo esos tres pecados concurriendo en nuestro mundo: Sodomía, obesidad e inmisericordia. No digo que toda obesidad sea carnalidad, pero hay una obesidad pecaminosa.

 

Los israelitas se alimentaron con carne de príncipes y pan de ángeles. Permítasenos decirlo en lenguaje figurado. Su salsa tenía vidrio molido y se cortaron sus gargantas, o que llega un momento en que la abundancia de pan trae consigo una salsa que mata, si uno se pasa de ese límite, los condimentos atacan el hígado. Un caso: “No sea que cuando comas y te sacies, cuando edifiques buenas casas y las habites, cuando se multipliquen tus vacas y tus ovejas, cuando se multipliquen la plata y el oro, y cuando se multiplique todo lo que tienes, entonces se llegue a enaltecer tu corazón y te olvides de Jehová tu Dios”(Dt. 8:12,14). La abundancia de comida es una bendición muy difícil de manejar sin hacer daño al alma. Eso fue lo ocurrido a Sodoma y lo que entendemos ha de ocurrir en los tiempos antes del fin del mundo. Recordemos que Cristo no nos manda a pedir variedad de comida, ni exquisiteces, ni abundancia de vino, sino que nuestra oración debe ser simplemente esta: “Danos el pan de cada día”. 

 

Hay ocasiones donde el Señor abre Su bondadosa mano de manera palpable para ciertas personas, pero estos abusan de tales bendiciones y el propósito final de hacerles mayor bien es frustrado por el abuso. La abundancia de pan los mata. Esta abundancia mal manejada es un veneno mortal para el hombre incrédulo, la ruina de muchos ha venido por tal abuso. David lo pone así: "Sea su convite delante de ellos por lazo, y lo que es para bien, por tropiezo" (Sal. 69:22). Cuando viene esta clase de juicio es por causa de uno de los mayores disgustos del Señor, por eso es mejor ser abatido por la mayor tormenta del alma, y no disfrutar la calma de un hombre incrédulo con una mesa bien provista. 

 

Algún día los Creyentes que pasan por no poca necesidad verán la gran misericordia de Dios en darles escasez como instrumentos de salvación, y en aquel día sus bocas se le llenarán de sinceras alabanzas: “Al único y sabio Dios”. En cambio, mientras un incrédulo más disfrute de las cosas de este mundo, más se separa de Dios y provoca Su disgusto, y el Cielo lo abandona al peor enemigo, su codicia y Satanás. El mal no está en la abundancia de pan, sino en violar las reglas que Dios ha impuesto para su uso. La abundancia de pan tiene efectos secundarios dañinos, eso enseña la historia de Sodoma y Gomorra, y es una advertencia a nosotros que estamos entrando en los inicios de los tiempos del fin. Al menos, eso me inclino a pensar.

   

La abundancia de pan inclina los hombres a un desprecio de Dios.

Es este uno de los más odiosos pecados, pues se trata de ser ingrato al Creador porque este le ha dado notoria prosperidad. Lo cierto es que la abundancia de pan es una fuerte tentación a la incredulidad; el exceso de bienes sin la Gracia que lo dirija sería un lazo para el alma: "No me des riquezas. No sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová?" (Pr. 30:9). El corazón carnal se caracteriza por atribuir todo a segundas causas, como si la suerte dirigiera el universo y no Dios, como si la naturaleza fuese más bondadosa que el Señor. Es sabio y santo el consejo dado por Moisés a Israel: "Cuídate de no olvidarte de Jehová, que te sacó de la tierra de Egipto" (Dt. 6:10). El olvido de Dios en la abundancia de pan no será de mala voluntad, sino que el simple descuido lo saca de nuestras memorias, y el beneficio de servirle en gratitud también se va.

 

El carácter de un corazón carnal es sentenciado así: "Infatuados, amadores de los deleites más que de Dios" (2 Ti. 3:4). La abundancia de pan es un combustible para buscar la saciedad del alma en el mundo y no en el Creador ,a quien debemos amar y servir con todas las fuerzas de nuestro ser. Como alguien ha señalado: si el alma no hace el cuerpo celestial y espiritual, entonces el cuerpo hará el alma terrenal y carnal. De aquí es que la afluencia de las cosas agradables a los sentidos amarra el corazón carnal al mundo, de tal manera que el hombre concluye con todo su poder que la felicidad y el cielo están en eso. 


Los hombres sensuales no tienen sentido del peligro hasta que esté delante de sus narices: "Por cuanto no cambian, ni temen a Dios" (Sal. 55:19). La abundancia de pan sin cambios tiende hacia una seguridad atea. Cuando decimos sensuales significamos la persona guiada por sus sentidos, y no por los  principios del Evangelio. Nadie se va a morir de miedo si le dicen que mañana no saldrá el sol, porque la constancia de sus hermosos rayos mañaneros es algo establecido y fijo; debería ser un milagro muy grande contradecir el orden de la naturaleza y pararlo. Así el largo disfrute de la abundancia, la vida fácil y sin temores pone en la mente de sus poseedores la falsa noción de que la desgracia nunca les tocará, y mucho menos la idea de la muerte o el juicio final. Tal será el espíritu predominante en los hombres para los tiempos del fin, nótese: “Asimismo, también será como pasó en los días de Lot: Comían, bebían, compraban, vendían, plantaban y edificaban; pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos. Así será en el día en que se manifieste el Hijo del Hombre” (Lc. 17:28-30). La abundancia de pan es un enemigo del temor a Dios; mire cómo lo dice Moisés: "Engordó Jesurún, y tiró coces; entonces abandonó al Dios que lo hizo" (Dt. 32:15). La abundancia de pan endurece el corazón para servir a Dios, o que vivieron para adorar o cuidar sus barrigas más que al Creador. Para los tiempos del fin habrá una seguridad carnal y sensualidad desenfrenada. Casi no habrá fe en la tierra, mucha forma de piedad, pero poca virtud. Así que, la obesidad puede ser una señal profética. Amén.



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