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Un caso: “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta” (2Ti.4:16-18), aun los hermanos que tuvo en esta tierra, en un dado momento le abandonaron.

 

Ahora notemos el contraste cuando se refiere a los dones de la Gracia: “Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león” (v17). Su canto de victoria no terminó ahí, sino que trasladó su mente y su hablar al futuro inmediato y al eterno; nótese: “Y el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial. A él sea gloria por los siglos de los siglos. Amén” (v18).

 

Así que, cuando uno puede ver con fe este hermoso cuadro y lo aplica a las circunstancias que estamos pasando, con peligros, crisis, perversiones, opresión, abusos, violencia y la abundancia de males por doquier, entonces cabe la exhortación apostólica: “Antes bien, creced en la Gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.” Las bendiciones de la Gracia son para siempre, no se pierden.

 

Esta es la hermosura del alma, la fortaleza del espíritu, la paz de mente, y el consuelo de la conciencia. Y así el Creyente es depositario de un tesoro inmortal. Alumbra los ojos, nos hace sabios, guía los pies, perfecciona la conducta, y cuando llega la hora de la muerte la Gracia nos viste de una crema especial para esperar con paciencia la resurrección del cuerpo.

 

Ahora iremos con fines de averiguar que hace la Gracia cuando el alma del verdadero Creyente sale del tabernáculo corporal; miremos: “Aconteció que murió el mendigo (Lázaro), y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham” (Lc.16:22). Tan pronto como el Cristiano muere, la Gracia termina sus labores y la entrega en manos de ángeles que la llevan a la reunión inseparable de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos. Entonces allí Cristo la presenta al Padre purificada, santa, sin manchas ni contaminación.  Amén.



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