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Para los cristianos es el instante de mayor consuelo, lo que será de nuestras almas al morir. Es el final de las aflicciones y el inicio de una gloriosa eternidad en Presencia de nuestro Hermoso Salvador, Cristo Jesús; notemos: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos.” (2Co.5;1).

 

De manera que nos encontramos frente a un pasaje de singular consuelo al verdadero Creyente, es un canto de gloriosa esperanza, nótese: “Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor.” (v6). Esto es, los que tienen el Espíritu Santo morando en ellos, pueden vivir confiados de que su futuro es un estado de gloria eterna en el Paraíso.

 

Ese estado de gloria eterna que hereda el alma creyente tan pronto como abandona este mundo inicia en este mundo; nótese: “Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.” (4:16). Este verso es una explicación, y esto por el “Por tanto.” Les dijo que Dios tiene un cuidado milagroso con el hombre interior, de tal modo que lo renueva día tras día. En este mundo las cosa envejecen a medida que pasan el tiempo, pero con el alma que ha nacido de nuevo no es así, sino lo contrario, lo rejuvenece al mismo tiempo que el cuerpo físico envejece. Es un trato milagroso. El uso cotidiano de las cosas hace que mas tarde o mas temprano uno se canse de todo, pero con el Evangelio no es así, sino que se verifica un creciente interés por Cristo y los asuntos de Su Reino. Cada día se efectúa ese milagro en el alma que nos acerca al fervor del amor juvenil, mientras los poderes naturales van decayendo, “se van desgastando.”

(Extraída del Sermón: “La Esperanza del Alma”  (2C0.5:5)……Pastor Oscar Arocha…. Mayo/2010).



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