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Enfoquemos las Palabras del Señor Jesús: “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en El, tenga vida eterna.” (Jn. 6:40). Aquí hemos de hacer un contraste necesario, y una visión espiritual.

 

El contraste necesario. Enfoquemos: “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en El, tenga vida eterna.” (v40). Jesús conversaba con un grupo de personas, ya que el relato agrega: “Por eso los judíos murmuraban de El” (v41); esas personas le veían física o racionalmente, decimos racional porque si hubiesen sido ciegos no le verían con los ojos de la cara, pero sí con su razón o entendimiento. Ver espiritualmente al Señor Jesús no es con la razón, ya que alguno pudiera estar oyendo o leyendo un versículo y concluya que habla Cristo, y al mismo tiempo no verlo con ojos de fe, sino con razón humana. Eso no es ver a Cristo. Un caso extraordinario lo acentúa, Pablo: “Al caer a tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y El respondió: Yo soy Jesús a quien tú persigues” (Hech. 9:5). Lo vio, pero no con fe. Y luego confiesa que prefiere verlo con ojos espirituales, que los de la cara. “De manera que nosotros de ahora en adelante ya no conocemos a nadie según la carne; aunque hemos conocido a Cristo según la carne, sin embargo, ahora ya no le conocemos así. De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Cor. 5:16-17).

 

Algunos evangelistas modernos se jactan de haber visto al Señor Jesús, o que se les apareció, pero eso no es una visión de fe. La dicha prometida es verlos con ojos de fe; óigalo: “Jesús le dijo”: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron” (Jn. 20:29). Note que El Señor contrasta, y a su vez censura, entre verlo natural, o con fe. La salvación entra por una visión de fe. Ilustro: Alguien pudiera leer una partitura musical, distinguir sus notas, tiempo y armonía; pero no podrá tener un sentido completo a menos que la pieza sea tocada o cantada, ya que es el oído quien discierne los asuntos musicales, no la vista. De manera semejante la razón humana pudiera oír y entender los asuntos del Señor Jesús, y aun así no verlo con ojos de fe. Los asuntos espirituales han de verse en el alma, no en el cerebro.

 

La visión espiritual. Volvamos al texto: “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en El, tenga vida eterna.” (v40). Los que estuvieron allí le vieron con su razón, conversaron con El, pero no como Aquel quien salva, y el Único que puede dar perdón, justificación y completa felicidad. Así ahora muchos le ven como líder religioso, o reformador social, pero no más. La razón descansa en puro conocimiento, en cambio la fe es una visión de lo que El dice ser y lo que promete. Un caso: “Todos éstos murieron en fe, sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto y aceptado con gusto desde lejos, confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra” (Heb. 11:13). Vieron lo invisible: “Sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto.” Una promesa es una declaración hablada, es algo invisible, pero vista con ojos de fe impresiona el alma. La mente tendría un nuevo sentido de lo prometido, algo que la razón no puede.

 

Así que, cuando el Espíritu Santo revela a Cristo, trae dos asuntos al corazón Creyente: Luz e imagen. Con luz significamos entendimiento en el alma no en la razón, y se hace tan real como si fuera natural o material; nótese: “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento a fin de que conozcamos al que es verdadero” (1 Jn. 5:20). Un ejemplo: “José hizo jurar a los hijos de Israel, diciendo: Dios ciertamente os cuidará, y llevaréis mis huesos de aquí” (Gen. 50:25). El confiesa y pide: Voy hacia el Paraíso de Dios, guarden mis huesos para la resurrección, como si fuera a ocurrir el año próximo. Su mente fue dotada de una nueva actividad, capaz de ver lo espiritual como si fuera natural.

 

El Espíritu Santo  forma una imagen en la mente del Creyente. Nótese: “Ve al Hijo, y cree en él” (v40). Lo ve y confía todo su ser en las manos del Señor Jesús, o que tiene entendimiento e imagen espiritual. Yo pudiera describir con palabras la figura de un ave, y mis palabras formar una imagen en tu cabeza. Pero nadie puede repetir versos bíblicos y formar una imagen espiritual en otro hombre, eso es prerrogativa del Espíritu de Dios. Así lo revela Pablo: “Conozco a tal hombre… que fue arrebatado al paraíso, y escuchó palabras inefables que al hombre no se le permite expresar” (2 Cor.12:4). El había visto y oído realidades espirituales, pero no podía contarlo, y mucho menos en otros.

 

Ahora bien, el Señor ha decretado que sólo con la predicación del Evangelio, no con experiencias espirituales, producir fe en el corazón humano. En los asuntos del Evangelio hay una visión en la carne, y otra en el Espíritu: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Y Jesús, respondiendo, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mat. 16:15-17). Esa revelación espiritual fue a Pedro, no a los otros.

 

La predicación del Evangelio es difundir conocimientos. Únicamente el Espíritu Santo forma la imagen espiritual correspondiente en el corazón Creyente. Cuando se dice una imagen, significamos que toda vez que uno ve un objeto se produce una visión y concepto en la mente. Al ver una piedra, un objeto duro, y la imagen es una forma irregular. En lo espiritual el Espíritu Santo da conocimiento, y una imagen de la certeza del Reino Invisible de Dios, como si fuera una realidad relacionada con mis sentidos, y el alma humana es divinamente impresionada.  Oremos como el salmista: “Señor, te ruego que abras mis ojos para ver tu hermosura.”

 

¿Cuál es la Fe Verdadera? Esta es la fe verdadera. Amén.

 



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