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Leamos este versículo: “Vinieron los fariseos y los saduceos para tentarle, y le pidieron que les mostrase señal del cielo” (Mt.16:1). Se acercaron con un mal corazón, curiosos por una señal del cielo, un milagro que diera satisfacción a su carnalidad.

 

Estaban tan atados a este mundo que decían, si nos hiciera un gran milagro creeríamos en él, pero eso sólo era un engaño pecaminoso; nótese como Jesús les reprendió: “Cuando anochece, decís: Buen tiempo; porque el cielo tiene arreboles” (v2), esto es, que eran buenos observadores de los asuntos naturales, pero ciego en lo que debiera ser su principal oficio, discernir los asuntos morales: “Sabéis distinguir el aspecto del cielo, ¡más las señales de los tiempos no podéis!” (v3). Como si les hubiese dicho: ¿Será posible que no sepan discernir la dispensación moral que les ha tocado vivir?

 

Si alguno quisiera agradar a Dios, no sería por curiosidad, sino discerniendo el mal de su época, evitándolo Y haciendo el bien. Si quieren ver, verían lo suficiente si tan sólo leyeran correctamente lo que están viendo en su propia generación. No necesitan ver un milagro para agradar a Dios. Si hubiesen conocido las Escrituras habrían sabido que su deber fue confiar en Dios, no demandarle. Lo único que puede hacer el pecador, en este sentido, es rogar.

 

Fueron sabios para distinguir los signos de la ecología, pero no los signos morales de su propio tiempo. No estaban viendo lo contaminados que estaba su época para clamar por un Salvador, pero sí podían saber cuando iba a llover, asunto que ni les va ni le viene a la salud del alma.

 

De las palabras de Cristo se infiere: Que todo ser humano con buena conciencia se esforzará, tanto como le sea posible, en conocer los signos morales de su propio tiempo.



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